
Puerto Rico
15 de diciembre de 2008
Hoy recibí un correo de una antigua amiga donde me decía que Narciso Rabell había muerto el pasado noviembre de 2008 en Praga. Una parte de mí encontró su fin. En estos momentos tengo un intenso deseo de llorar por ese amigo de antes. Es lo menos que puede merecerse. La distancia y los años no hicieron diferencia. ¿Por qué la muerte siempre nos invade de esta forma? No se si lloro por la pérdida de él o por la pérdida de mis años jóvenes. Pero tengo ahora mismo una gran tristeza que pensaba que no tenía.
Narciso Rabell, el ideólogo de la revolución armada en Puerto Rico. Filiberto se adelantó a tu muerte. ¡Cómo se admiraban mutuamente! Fueron hermanos de lucha. Él optó por la lucha armada clandestina y tú por la lucha armada popular. Dos caminos; dos vertientes. El MIRA se deshizo y surgieron el PSR y Los Macheteros como formas de lucha. ¿Qué sentiste cuando te enteraste de su muerte? ¿Acaso lograste imaginar la tuya?
Filiberto murió aquí como un héroe. Viejo, enfermo, retirado, pero aún así, la cizaña del sistema no lo dejaría en paz. Pero su espectacular muerte lo convirtió en un héroe. Los jóvenes vistieron camisetas de Filiberto. No sabían quién era, estaban sorprendidos de que existiera un hombre como éste en nuestra Isla, no sabían de sus hazañas, ni disfrutaron de ver los aviones viejos volar, pero vistieron sus camisetas. Los Macheteros desaparecieron antes que él y aún después dejaron de existir. El sistema lo sabía; sabía que no representaba ninguna amenaza a sus propósitos, pero él era su espina clavada en su pie imperialista. Su presencia les avergonzaba; su existencia les molestaba. Y como torero lleno de vanidad, supremacía y orgullo, clavó su espada contra el toro ya casi moribundo.
¿Y tú, mi querido amigo y maestro? ¿Dónde quedó tu gloria? ¿Dónde quedó tu estirpe? Tu acercamiento difícil, ideológicamente correcto en ese entonces, resultó ser políticamente incorrecto. En eso te pareciste a Filiberto. Ambos políticamente incorrectos. Ni la lucha clandestina ni la lucha popular echaron raíces en nuestro pueblo adoctrinado por el coloniaje del Imperio. Las copias de los modelos de las luchas clandestinas de América Latina no sirvieron para Puerto Rico. Ideológicamente correctos; políticamente incorrectos. Y el abismo político los fue separando de la base del pueblo. Él por convertir su lucha en una focalista; tú por ampararte en el “lumpen proletariado” para organizar y desarrollar tu lucha. Realmente, frente a tus circunstancias de vida, no podías hacer otra cosa. Al final, el sistema capitalista-imperialista contra el cual luchaste te ganó la batalla. Primero te encerró en el alcohol. Tu inteligencia se sumergía día a día en ese veneno líquido y tu vida personal se afectaba. Las presiones eran muchas. Tu esposa y tus dos hijos en la entonces Checoslovaquia, apartados de ti; la otra mujer que te amaba con tu otro hijo en Puerto Rico, pero en categoría de ser la segunda, en espera de que Halina volviese a rencontrarse contigo. Llevabas los cargos legales heredados del MIRA, que optaste por afrontar en Corte, manteniendo una presencia visible para los medios. Filiberto optó entonces por la clandestinidad y se perdió en las penumbras del focalismo. Segundo, el Imperio te dio la absolución de los cargos, pero te encerró detrás de las barras de tu negocio de licorería. Vigilado a toda hora, hostigado constantemente, reprimido en tus movimientos, la no-clandestinidad se hizo cada vez más difícil. Fue allí donde te conocí, cuando todavía las puertas aún se mantenían abiertas y los jóvenes curiosos y afrontados nos aproximábamos a conocerte.
Mis amigos te llamaban “el Hombre”, cuando querían referirte. Allí compartíamos y teníamos discusiones y tertulias, y en ocasiones me diste a leer algún escrito porque querías saber mis reacciones antes de que lo publicaras en “Ira Popular”. Así me demostrabas tu aprecio. Aprendimos mucho de ti. Te admirábamos por tu conocimiento y dominio del marxismo-leninismo, por tu disposición al sacrificio por la lucha en pro de nuestra independencia y de la lucha por el socialismo en Puerto Rico. Tu palabra era luz para nuestros ojos y oídos jóvenes. Y muchos de nosotros estuvimos dispuestos a hacer los mismos sacrificios que tú hacías por la misma causa.
Muchos camaradas de entonces sufrieron contigo la represión extrema. Los agentes encubiertos allanaban sus casas y las tiroteaban; dañaban sus propiedades y pertenencias; ponían en peligro sus familias, incluyendo a sus niños pequeños; llegaron a perturbar sus relaciones matrimoniales; la vida se les hacía muy difícil. Tu ser reflejaba el sufrimiento, ahora que lo miro en la distancia que traza el tiempo. El alcohol te consumía y tu personalidad se hacía a veces insoportable. Finalmente te permitieron traer a tu familia desde Checoslovaquia. Y aún así, la vida no fue fácil para ti y los tuyos. El cáncer causó estragos en la vida de Halina. Ella no pudo ejercer su profesión como economista. Su vida se convirtió en una de ama de casa regular. ¡Su talento e inteligencia atados por las circunstancias! El ajuste a la vida en Puerto Rico para una familia checa no fue fácil. La vida se te hizo insoportable.
Ya para ese entonces había cortado toda comunicación contigo. Mi vida había tomado otros rumbos. Hacía ya varios años que sabía de ti de rebote, por medio de algún conocido. Me cuentan que vino el rompimiento y desarticulación del PSR. Me dicen que intentaste reconstruirlo, pero la ideología no era la misma, las gentes no eran las mismas, las actitudes no eran las mismas. El “grupúsculo” del PSR, denominado así por tus adversarios de la misma izquierda, se había reducido aún más y se alimentaba por jóvenes sin mucho conocimiento y conciencia de clase; me cuentan que se alimentó de la ideología del “lumpen proletariat”. Cuán cierta sea esta interpretación de esos sucesos, no tengo constancia. Solamente sé que entonces tomaste la decisión y te fuiste a vivir a Praga. Tu familia se dividió otra vez, quedando tu hijo mayor acá en Puerto Rico. Imagino que tu vida allá sería totalmente diferente. Espero que haya sido mucho mejor para ti que tu vida en Puerto Rico y hayas encontrado parcialmente la paz.
Un día me sorprendiste, confesando tu amor por mí. Gracias por aquél gesto. Lamento no haber podido reciprocar de igual manera ese sentimiento. Sentí gran admiración por tu persona política. Aún lo siento. Te guardé un gran cariño y un gran respeto. Todavía los guardo. Espero que la Historia que reinventamos los seres humanos en su forma escrita algún día reivindique la tuya personal y te reconozca como la gran figura que combatió por la independencia y el socialismo para Puerto Rico. Algún historiador surgirá para retratar esta otra historia guardada de nuestra Patria, la historia del movimiento de la izquierda clandestina en Puerto Rico, los CAL, los MIRA, el PSR, Los Macheteros, así como la historia de todos los movimientos de izquierda no clandestinos que les siguieron. ¡Que la Historia reinventada no quede en manos de las interpretaciones viciadas y tergiversadas de las carpetas montadas por los agentes encubiertos! ¡Que tus sacrificios y los sacrificios de nuestros camaradas de entonces no hayan sido en vano!
Hoy muchos no asumimos las mismas posiciones de entonces. Somos buenos hijos de nuestra Historia, de nuestro momento histórico… Hemos cambiado; pensamos y actuamos en formas diferentes a entonces. Otros más hemos continuado creyendo y siguiendo esta ideología… ¡y en el proceso la hemos transformado! Pero no negamos que lo que hoy somos tuvo su base en ese entonces… ¡y tú el maestro!
¡Descansa en paz, querido amigo!